| página pesonal de César Astudillo |
bolero A las siete y media de la mañana de un lunes de enero, con un frío de bigotes, pulso el botón Play y navego el torrente humano que baja las escaleras del Metro de Moncloa. Suenan Love And Rockets: tienen el poder de sacarme más o menos de mi letargo. Un walkman y una cinta de rock duro constituyen toda una inyección de adrenalina en ayunas, la justa dosis de agresividad mañanera que necesito para jugarme la piel en el abordaje de los vagones. Gano la primera batalla: he conseguido asiento. Paseo la mirada por el vagón, mientras mi cuello experimenta espasmos rítmicos a tiempo con la batería, Pum-Chack-PumPum-Chack. Hoy en el vagón estamos todos. Está el comercial cincuentón de canas amarillentas (vandálica combinación de colores chaqueta-pantalón-camisa-corbata), que se dispone a pasar el día cosechando contratos a golpe de convite de gambas. Está la pareja de marroquíes comentando en árabe las peripecias del fin de semana o cómo tienen que revolver Casablanca con Santiago para conseguir el maldito permiso de residencia. Está la dominicana color chocolate, de ojos negros y temerosos, y su hijita de café con leche abrigada como un astronauta caribeño, soñando con hollar lunas de merengue en el hombro de mamasita. Está el hombre que huele a vino, el de la piel curtida y la mirada pastosa e inmóvil, quizá rememorando ausente y continuamente alguna desgracia ignota. Y claro, está el estudiante de la chaqueta vaquera y el walkman, adalid en sus gestos de una rebeldía adecuadamente reglamentada: un servidor. A veces falta alguno, pero lo que es hoy estamos todos. Casi nunca con las mismas caras, casi siempre con distintos nombres, pero los mismos: el comercial mariscopersuasor, los marroquíes árabeparlantes, la dominicana hijitasosteniente, el hombre cíclicosufriente, el estudiante walkmanero. Hoy, además, está esa chica de negro. Se sienta justo enfrente de mí. Es pálida, de rostro sencillo y grave. Sus manos diminutas descansan en el regazo, unas manos hechas para tocar cosas pequeñas. Es ligera, monocroma, de una hermosura que se le filtra en susurros, que no llega a agitar la superficie del agua. Y también lleva puesto un walkman. Aunque no sé qué está escuchando, no creo que sea Love And Rockets: no le pega. En cualquier caso, siento el deseo de hablar a ese ser que esquiva mis categorías de clasificación, que planea por mi cielo sin mover las alas. Pero dos walkman en marcha y un vagón de metro en hora punta hacen demasiada muralla. Ocurre que mi colección de ardides para romper el hielo sigue el dogma de evitar toda demostración de interés, y hace falta un interés indisimulable para salvar el abismo entre estas dos islas. El salto me da pereza y miedo, y me decido a abandonar la exploración y volver a mis cosas, y es que cuando miedo y pereza se empeñan en colaborar, no hay empresa posible. Entonces ella levanta sus ojos de ébano y los encerroja en los míos, y a mí me entra un calor como desde los pies hacia arriba, y mis ojos se doblan como un junco ante la brisa suave pero constante de los suyos, y cuando voy a bajar la mirada para no ir al envite, en sus labios breves se dibuja una sonrisa de Gioconda que está elaborada ineludiblemente para mí, no para el capataz de obra de mi derecha ni para la dependienta de boutique de mi izquierda, sino para mí, y ya hemos largado amarras y la cosa ya no tiene remedio y entre nosotros se establece el siguiente coloquio mudo, y no importa quién es quién.
-Te esperaba. -Eres más de lo que veo. Por eso te miro. -Entonces, invéntame. -Serías un pájaro pardo entre las chimeneas. -Entonces tú tienes que ser un árbol, porque sin ti no quiero más tierra. -Te gusta verlo todo desde arriba. -Y a ti que te acaricie la lluvia. -Y a ti la noche. -Y a ti el silencio.
Entonces vuelven la luz y los anuncios por las ventanas. Estamos llegando a Sol, que es donde yo cojo la línea uno. Me abandono al sentimiento de pérdida que me sobreviene, porque, aunque te oigo decir "No seas imbécil, por lo menos pídele el teléfono o algo", pues toda esta historia ha tenido lugar más que nada en el plano imaginario, qué narices, y no soy yo quién para meter a golpes, contra esta masa que se levanta hacia las puertas de apertura neumática y ya nos separa, una cuña de torpe poesía. Y todo ha ocurrido demasiado deprisa. Así que me levanto, con premura para que no me cierren las puertas y me dejen dentro, y procurando no mirarla ya más, salgo del vagón empujado por una jauría de desconocidos. Ya estoy en el andén y me dirijo al pasillo que conduce al vestíbulo central, para hacer el transbordo, cuando una mano pequeña, pequeña, pequeña se posa en mi hombro. Me doy la vuelta. Ella, en silencio, toma la clavija de mis auriculares y los desconecta con delicadeza. Love and Rockets sufren una muerte súbita, el ruido de mi alrededor se hace perceptible por primera vez. Entonces ella me sonríe de nuevo, pone mi clavija en el segundo conector de su propio aparato y pulsa Play. Empieza a sonar un bolero. Los relojes del mundo empiezan a latir más despacio, ella levanta de nuevo sus ojos hacia mí. Yo correspondo, rendido, a esa mirada que me cubre como una manta cálida. Ella rodea mi cintura con su brazo, yo su espalda con el mío, nos tomamos las manos, el gotear de las clepsidras se detiene y sólo suena la guitarra en este mundo suspendido. Bailamos en medio del andén, su mejilla caliente anidada en el hueco de mi hombro, y yo soy el árbol y ella el pájaro, y yo peino con mis dedos sus cabellos, y ahora yo soy el pájaro y ella el árbol, y la música sigue haciéndonos girar en un lentísimo vórtice y ella me aprieta con sus alitas pardas de pájaro y se deja retener entre mis ramas de árbol, y yo me respiro todo su perfume de árbol y vuelo por sobre ella como un pájaro, y así nos bebemos juntos el bolero, bailando en el andén, unidos por los cordones umbilicales de los auriculares, ausentes a todo. El bolero termina con un acorde que se queda colgado del cielo y cae sobre nosotros como una lluvia muy fina. Vuelve el ruido del andén, ella desconecta de nuevo mis auriculares, se despega de mí con dulzura, da un paso leve hacia atrás con una tristeza inexorable en su sonrisa y en su mirada, prolonga hasta el último momento el contacto de sus dedos con mi hombro, resbala por mi brazo, y se aleja como el reflujo de una marea callada, sosteniéndome la mirada un segundo más antes de darse la vuelta y desaparecer, hundida en la corriente, en dirección al pasillo opuesto, y yo con la clavija colgando como una tonta de mi mano inerte, sin saber aún muy bien qué ha habido de real y qué de imaginario en este encuentro, pero en el conocimiento de que este instante quedará engastado en mi recuerdo como una pequeña piedra preciosa en lo más seco de mi corteza. |