| página pesonal de César Astudillo |
la senda Alfredo es lo que se dice un tipo normal. Con esto quiero decir que su vida se desarrolla dentro de unas coordenadas razonables, no sé si me entienden. Veamos: Hace tres años, dejó Zaragoza y se trasladó a Madrid para trabajar en la filial de seguros de un conocido grupo bancario. Consiguió un piso en El Batán, agarrado al clavo ardiendo de un crédito que le vampiriza medio sueldo. Se ha comprado un coche ligeramente por encima de sus posibilidades. Ya tiene televisor, vídeo y una bicicleta de montaña que lleva seis meses cogiendo polvo en el trastero. Tuvo la varicela, y si un día de primavera siente amor, toma dos aspirinas, se mete en la cama con dos mantas, suda durante dos días y se le pasa. Dice que se casará con una mujer que coincida con sus criterios, lo que, sospecho, no ha de tardar, dado que no abriga muchos criterios y el tiempo empieza a flexibilizarlos por momentos. Concluyendo: no tiene nada de especial. Y desea seguir en ese estado: llamar la atención le espanta. Más de una vez ha tenido que contonearse en el rectilíneo camino de su biografía para esquivar oportunidades de notoriedad, el gesto de quien tiene pobladas las noches de sueños en que todos los ojos se clavan en sus pies desnudos, mientras él busca, sin éxito y con desesperación, sus zapatos robados. Por eso se esmeró desde adolescente en depurar toda técnica de ocultación. Allí donde va, reproduce el dibujo del fondo sobre su piel de camaleón urbano. Un obstáculo autoimpuesto e infranqueable entre él mismo y el éxito; el dulce pero expuesto éxito que, lo sé bien, habría alcanzado tarde o temprano con su carácter cumplidor y minucioso. Es por eso por lo que, cuando encontró la senda, no tuvo en ningún momento la inmodestia de considerarlo como un descubrimiento privado. Más bien, con una diligencia discretamente perpleja, lo añadió a esa lista de cosas de las que nunca le hablan a uno precisamente porque todo el mundo debería frecuentarlas. Esas cosas que cuando uno finalmente reconoce, se siente avergonzado de no haber incorporado antes al acerbo de lo que nos hace ser como los demás. Caminaba por la Gran Vía una tarde de verano. Un calor obsceno le hacía sentir dentro de su traje como un caballero andante que se hubiera presentado al torneo en armadura el día de la prueba de diez mil metros vallas. Con una bolsa del Corte Inglés en la mano, sorteaba semejantes con la impersonalidad debida, camino del aparcamiento de Alcalá para recoger el coche. A la altura de la Unión Relojera Suiza, paró un momento y apoyó la espalda contra el cristal frío, en el escaparate con el reloj gigantesco, del lado que pega con la vitrina de los best-sellers de la Casa del Libro. Allí respiró tres veces, exasperadamente, sacó un Kleenex y se secó la frente, se deshizo de la chaqueta, la dobló con cuidado y la metió en la bolsa. Advirtió dos manchas de sudor en las axilas de su camisa. Esto le hizo mirar a su alrededor con el sentimiento familiar: el de que todo el mundo le estaba observando. La visión de otros pares de manchas, y de sus dueños afanados en sus particulares industrias, le devolvió la calma. Todo en orden, más vale vulgaridad compartida que brillantez solitaria. Ya repuesto, fue a tomar la bolsa que había dejado en el suelo, a su derecha. No la vio porque había quedado oculta tras la esquina, pero después de medio segundo de aprensión, sí pudo palparla al meter su brazo un poco más en el callejón. La recuperó con alivio y siguió su camino. Un momento. Entre la Unión Relojera Suiza y la Casa del Libro no hay ningún callejón. Se dio la vuelta y comprobó que entre los dos establecimientos no había ningún resquicio en el que pudiera haber quedado oculta una abultada bolsa del Corte Inglés, ni mucho menos un callejón. Queriendo investigar el fenómeno, volvió a su posición anterior y dejó la bolsa donde antes. Oculta. Miró de frente. La bolsa no estaba. Volvió a pegarse a la pared y buscó la bolsa a tientas. La cogió: su brazo entraba perfectamente en ese espacio inadvertido. Ya con la bolsa, miró de frente, otra vez, al espacio: nada. Por un momento, se le había olvidado su vergüenza innata. Ajeno por completo a la corriente humana de la acera, se entregó enteramente al experimento, repitiéndolo varias veces. Finalmente, sin pensarlo, hizo un movimiento audaz: cerró los ojos y dobló la esquina con cuidado. No se había topado con nada sólido. Abrió los ojos y ante él, estrecho y silencioso, estaba el callejón. A su espalda, la calle y sus sonidos conocidos, la gente caminando por la acera, sin mirar hacia él. Hipnotizado, siguió adelante. Los flancos del callejón eran paredes sin ventanas, de un gris melancólico. El suelo era de tierra negra. Los sonidos de la Gran Vía se iban apagando a su espalda mientras seguía, aún con la bolsa del Corte Inglés en la mano, avanzando con paso fascinado de sonámbulo. Las paredes grises se acabaron, dando paso a un bosque muy cerrado. Los pasos sobre la acera y los motores de los vehículos ya no se dejaban oír: sólo el viento, los pájaros y las pequeñas ardillas que saltaban entre los robles. Como en su pueblo de Zaragoza, cuando, con nueve años, recogía moras en las tardes interminables de color violeta. Cuando llegó a lo que debía ser, en buena lógica, la Plaza del Carmen, aceptó sin esfuerzo la evidencia, ya fuera de toda posible equivocación, de que aquel callejón y aquella senda no formaban parte de lo conocido y familiar: estaba claro que Madrid tenía cosas en que es distinto de Zaragoza o, pongamos por caso, de Oviedo. Todas las ciudades son distintas, y cada una tiene sus pequeños secretos. Sólo le extrañó no haber oído nunca hablar de ello a sus compañeros de trabajo, aunque también es cierto que tampoco nadie le dijo nunca y tardó meses en darse cuenta que saber quién es del Athletic y quién del Real Madrid en la oficina es imprescindible para la supervivencia social los lunes por la mañana. A la altura de la Puerta del Sol, el bosque empezó a aclarar. Un prado de margaritas dio paso a un acantilado soberbio donde la brisa, fresca, preñada de salitre, acarició su rostro. El mar luminoso rugía abajo, las olas se estrellaban contra las rocas, las gaviotas jugaban con las corrientes y rozaban la espuma. Siguió la línea de la costa en dirección a Ópera y bajó a una playa de arena fina y blanca. Se desnudó y se tendió al sol en silencio, los ojos repletos de belleza hasta el borde de las lágrimas, y yo creo que en ese momento se dio cuenta de que había estado cansado durante años, sin saberlo. Desde que había llegado a esta ciudad había ido acumulando en los huesos un cansancio invisible pero inmisericorde, cansancio de no respirar una sola brisa que le acariciara ni escuchar en silencio el rumor de las hojas y de los pájaros, cansancio de no perder los ojos en un cielo sin más paredes que el horizonte, cansancio de echarse paletadas de cemento sobre sus asombros antiguos para clausurarse la infancia. Y yo diría que fue por eso, porque esa fatiga no reconocida se le echó de golpe sobre el pecho, que se durmió desnudo sobre la arena. Cuando abrió los ojos, mil estrellas le lanzaban guiños celestes, invitándole a bañarse en el agua teñida de noche. Una alegría casi dolorosa se le escurría hasta los pies cuando salió del agua, puro, reencontrado con sobrecogimientos olvidados, por un momento sin corbata en el cuello del alma. Al amanecer emprendió el regreso. No le pesaba abandonar el lugar: sabía de algún modo que había ganado ese espacio para sí y para siempre, que podría volver en cualquier momento a la senda. Cuando volvió a cruzar el umbral del callejón, se incorporó de nuevo al ruido de la Gran Vía sin hastío, con la convicción de haber asimilado otro de tantos secretos obvios del mundo. Pagó las tres mil pesetas de aparcamiento con una sonrisa. En lo sucesivo tendría que venir en autobús. Su vida no tuvo cambios de importancia. Pasaba la mayor parte de los fines de semana recogiendo moras en la Plaza del Carmen, haciendo castillos de arena en Ópera o remontando las montañas nevadas del Paseo del Prado. Estas disgresiones, lejos de distraerle del trabajo, le daban ánimo para zambullirse con aplicación aún mayor en la rutina de los días hábiles. En todo caso nunca cayó en la ingenuidad de intentar compartir su descubrimiento. No dudaba de que las personas de su círculo, llevando más tiempo que él en Madrid y siendo mucho más diestras en el conocimiento de sus recovecos, raquetas para girar a la izquierda, calles de dirección única y restaurantes que por fuera parecen un localucho de mala muerte pero que luego se come de puta madre, conocerían tanto la senda que probablemente hasta estarían hartos de ella. Se resistía a la idea de divulgar el hallazgo en la oficina para recibir la lluvia habitual de y ahora te enteras, tres años en Madrid y éste a por uvas, si en esa playa el agua está muy fría, hombre; hazme caso y métete por una que hay en Antón Martín cerca de la primera bocacalle a la derecha entrando por la calle del León, y te dibujan un mapa en una servilleta mientras te miran con conmiseración paternalista o burlona; no, gracias. Sólo un lunes, Robles, el del departamento de Liquidación, mientras revisaban los expedientes, le preguntó dónde había pillado ese moreno. Bueno, es que ahora me paso mucho por la... por el sitio éste que hay cerca de la Casa del Libro, en Gran Vía... ...¿sabes, no? ¿El sitio donde te ponen los rayos UVA? ......................Sí, sí, ahí. A mí esas cosas no me van. Yo cuando puedo lo que hago es irme con la mujer y las niñas a la playa, que eso sí que es sano contestó Robles mientras marcaba un impago en el listado con rotulador fluorescente. Se debía de referir a alguna otra playa, a lo mejor más cerca de la entrada por Alcobendas, que era por donde vivía Robles, pero Alfredo no prolongó la conversación por los motivos ya citados, y porque en fin, mejor no marear la perdiz. |