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César Astudillo

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IGUALES ANTE LA RED

Sé que no debo mostrar impaciencia cuando lo hace. Gabriel se ha llevado al bolsillo una mano grotescamente doblada por la muñeca y ha sacado un paquete de cigarrillos. Lo deja caer sobre la mesa y se concentra en alcanzar el encendedor. Saca un cigarrillo. Se lo lleva a la boca. Lo enciende con mucho cuidado, con un pulso precario. Todo le ha llevado dos minutos interminables. Echa una bocanada de satisfacción, y sigue hablándome de su novela.

Gabriel camina balanceándose, como una marioneta llevada por un titiritero inexperto. Su cabeza siempre está ladeada, y sus brazos débiles, de manos distorsionadas, se mueven con impulsividad y torpeza. Habla con una lentitud que en principio resulta exasperante, y vocaliza como si tuviera un huevo en la boca. Cuando hablo con él, tengo el impulso irrefrenable de acabarle las frases, pero sé que eso le desconcierta.

Gabriel es tetrapléjico de nacimiento. Su dolencia es una fosa impracticable entre él y el mundo, salvada por un puente muy frágil y estrecho que mantiene abierto con tenacidad. Para no insultarle, no voy a decir que Gabriel es inteligente. Sólo diré que se gana la vida como traductor literario entre inglés, francés, español e italiano, que su novela está casi terminada y que, si no fuera porque no se puede hablar con él más que en tempo lento, diría que tiene lo que los ingleses llaman "quick wit", que es esa cualidad de pegarle cortes a uno con un humor cáustico y demoledor. De nuestros encuentros de esgrima verbal, siempre salgo tocado.

Recuerdo cuando me lo presentaron. Se me hizo duro darle la mano. Cuando dijo "En-can-ta-do", yo estaba convencido de que sufría algún retraso mental profundo. Creía que le habían adiestrado para dar la mano y presentarse, como si fuera un mono de feria. En cuanto pude conversar con él, me avergoncé de mi prejuicio y mi incultura. Desde entonces, nunca he olvidado que tener dificultades motoras o de comunicación, y ser imbécil, no son en absoluto la misma cosa. De hecho, el último imbécil que he conocido tiene un revés mortal en la cancha de tenis.

En las News de Internet, en un echo de Fido, o en las conferencias de cualquier BBS, Gabriel no tendría barreras. Sería un personaje sarcástico y encantador, uno de esos duendes de la red que siempre tienen la respuesta correcta o que saben quitarse de encima un adversario de debate con una media verónica mirando al tendido. Todos le asignaríamos un rostro agradable, un brillo de picardía en los ojos, y estaríamos convencidos de que tiene las chicas a pares. En la red, Gabriel tendría la igualdad de oportunidades que merece y que su aspecto y su voz le niegan.

En la red uno no tiene cuerpo. No existe lo que llaman "buena presencia", y no se transmite el lenguaje no verbal. Sólo saben de uno lo que uno quiera decir, y eso puede ser verdad o mentira. Puedes cambiarte de nombre, de edad, de sexo, de orientación sexual, de trabajo, de nacionalidad, de color de piel. Incluso de número: conocí a un usuario que escribía bajo distintas identidades según su estado de ánimo, y a veces dos de ellas se enfrentaban iniciando un debate que los demás prolongábamos acaloradamente durante semanas.

A veces he llegado a conocer personalmente a gente de la red y me he llevado sorpresas notables. Sam, que en mi mente tenía veintidós años, tiene cuarenta y seis. Josep, de quien yo admiraba su madurez, fruto indudable de un largo bregar en las lides de la vida, tiene quince. De Kat no sé cuál es el sexo: le gusta burlarse de nosotros y escribe a veces como mujer y a veces como hombre, y creo que prefiero no saber la verdad porque posiblemente no me gustaría.

Las personas odiamos el vacío de conocimiento. No podemos recordar una cara y un nombre, es decir, no podemos permitir que una persona exista en el mundo que conocemos, si antes no la categorizamos, la atravesamos con un alfiler y la metemos en una de esas cajas de clasificación de la memoria que son los estereotipos. Es curioso que ese trabajo de etiquetado venga siempre antes de tratar con una mínima profundidad a quien se nos presenta. Para cuando tenemos la oportunidad de conocer a alguien, quizá sea demasiado tarde porque nuestros prejuicios (nuestra afición a juzgar-antes-de) le han echado al cubo mental donde se echa la fruta podrida o el correo basura. A todos aquellos que, como Gabriel, se ven separados de nosotros por la barrera de nuestra estupidez, les suplico: Dadnos una segunda oportunidad. Conectaos a la red, mentid sobre vosotros, cautivadnos y luego dadnos la bofetada de descubrir que, de haberos conocido en carne y hueso, os habríamos considerado indeseables. A lo mejor así se nos deshollina un poco la cabeza.

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