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BOGART EN LA PLAYA

La segunda mitad de este agitado siglo ha traído consigo la capacidad de digitalizar la información, esto es, enlatar la cultura en sus variadas manifestaciones bajo la forma de una ristra de números enteros. Un antecedente de la digitalización de la información se encuentra en el alfabeto hebreo, donde cada letra tiene además un valor numérico, justo como ocurre en el código ASCII utilizado hoy en día en nuestros pecés. Aparte de sus aplicaciones mágicas y cabalísticas, los copistas de los libros sagrados judíos incorporaban al final de cada verso la suma de los valores numéricos de los caracteres presentes en él, con el fin de verificar que no se había cometido ningún error durante la copia. Un auténtico protocolo de corrección de errores en aras de la integridad del mensaje de Dios.

A la digitalización de los textos, ya aplicada en las primeras computadoras, le siguió la digitalización por muestreo de las señales de audio. Este método de convertir charla en números se utilizó en primer lugar para la transmisión de conversaciones telefónicas a grandes distancias sin pérdida de calidad, ya que los repetidores "regeneraban" la corriente numérica en lugar de amplificarla degradando la señal. Luego vino la digitalización de las imágenes estáticas en blanco y negro, después en color, y finalmente la digitalización de vídeo sonoro. Esta revista no tendría razón de ser sin el milagro de la digitalización de información multimedia.

Hoy, todo lo que sabemos almacenar o transmitir, sabemos también convertirlo en números. De hecho, el problema del almacenamiento o transmisión de la información en cualquiera de sus formas se puede reducir al del almacenamiento o transmisión de información digital, junto con sus correspondientes mecanismos de digitalización y regeneración. Por ejemplo, seremos capaces de almacenar en disco duro, o enviar por módem, el olor de un perfume, el sabor de nuestro bacalao a la vizcaína, o la caricia de la persona amada, tan pronto como sepamos convertir estas percepciones en cifras y devolverles luego su forma original.

La belleza de la digitalización reside en que la corriente de números se puede conservar, replicar o transmitir sin degradación de calidad un número infinito de veces y sobre cualquier tipo de soporte. La digitalización permite extraer el alma inmortal de casi cualquier realización humana. La frase "Siempre nos quedará París" pronunciada con la voz de Humpfrey Bogart, después de su digitalización y compresión, puede escribirse en una hoja A4 en caracteres hexadecimales pequeños, y luego dictarse de viva voz por teléfono en menos de dos horas. Luego se puede dibujar con una rama sobre la arena de la playa en forma de círculos y palotes, donde ocuparía varias hectáreas, y antes de que las olas la borren, podría volver a introducirse en un ordenador, desde donde sonaría de nuevo la voz del ídolo volviendo a agitar nuestros recuerdos. Claro está que existen mejores maneras de procesar la señal digital, pero bueno, funcionaría. Lo mismo se puede decir de una reproducción a todo color de la Gioconda o de "La salida de la fábrica" fijada en celuloide por los hermanos Lumière, si bien para esto último se necesita algo más de paciencia.

Alguien dijo que la cultura no es otra cosa que la transmisión no genética de la información. Ahora que podemos digitalizar la cultura, tenemos una mejor oportunidad de conservarla, transmitirla... y por supesto de manipularla.

Después de todo, no tenemos por qué limitarnos a digitalizar nuestras realizaciones o nuestras percepciones. Si hemos de hacer caso a los reduccionistas, no somos más que un conjunto de partículas colocadas en ciertas posiciones y con un cierto momento cinético. En ese caso, ¿a qué esperamos para digitalizarnos a nosotros mismos? Puede que nuestra identidad, nuestra consciencia y nuestros recuerdos no sean más que información que se puede conservar, duplicar y editar. Viajaríamos en naves estelares hibernados bajo la forma de terabytes de datos en discos de memoria molecular. Nos editaríamos a nosotros mismos para quitar ese tumor o sustituir esa muela infectada por una copia especular de la muela sana del lado contrario. O para introducir en los complejos patrones electroquímicos de nuestra memoria el conocimiento de ese inglés que tanto se nos resiste o la destreza de Andrés Segovia a la guitarra. Mi mujer se acerca a mí con un escáner de gente. Quiere hacerme una copia crackeada siempre dispuesta a limpiar los cuartos de baño... Es hora de volver a la realidad. Para bien o para mal, algunas cosas son todavía ciencia ficción.

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