página
pesonal de

César Astudillo

columnas
relatos
diseño
cánidos
debacle
de todo
yo, yo y yo

columnas
¿VIOLENCIA? ¿QUÉ VIOLENCIA?

La puerta se cierra a mis espaldas con un ruido pesado y metálico. La sala está oscura; el silencio, ominoso, multiplica la tétrica promesa que ofrece cada rincón en penumbra. Apenas corro hacia el elevador, un aullido no humano rompe la tiniebla a mi izquierda. Mientras giro sobre mí mismo, la ametralladora ya ha empezado a interpretar su sinfonía de muerte. El cíclope corre hacia mí encajando toda mi potencia de fuego. Me veo obligado a retroceder sobre mis pasos mientras sigo escupiendo plomo sobre la bestia. Mi espalda golpea el muro: me he quedado sin espacio para la retirada. Ahora sí que no puedo quedarme sin munición...

El cíclope se desploma a un metro de mí, desmembrado, reducido a una masa sanguinolenta. Él ha muerto. Parece que a mí me ha sido dado vivir un minuto más.

Estas sesiones de madrugada, con la habitación a oscuras, la tarjeta de sonido a tope y uno de mis juegos favoritos, a mí me sientan de maravilla. Lo tengo comprobado: después de estos periodos de ultraviolencia, conduzco con mayor precaución, soy más conciliador con mi jefe y más cariñoso con mi pareja. Mi compañero Javier, que, como yo, es un objetor de conciencia de los de la vieja guardia, no deja de preguntarme cómo puedo conciliar mis principios pacifistas con estas sangrientas evasiones. Yo le digo que, mientras uno tenga bien claro cuál es la diferencia entre el juego y la realidad, no hay nada de malo, y quizá sí de terapéutico, en transformarnos por un momento en seres desprovistos de razón y de moral, sacar a pasear por el monitor a nuestro cerebro de reptil para así no tener que hacerlo con el coche en un día de atasco. Javier me responde con una mueca puritana.

Reconozcámoslo: muchos de nosotros jugamos para evadirnos de las coordenadas de lo razonable. Después de todo, al personaje protagonista de los juegos, al que el usuario controla por la pantalla, algunos técnicos le llaman alter ego (otro yo), y en esto hay una propuesta de alienación, una invitación a romper las ataduras físicas y éticas y hacer un trip purificador por un mundo donde nuestros actos no tienen consecuencas después de salir al DOS. De este viaje, las personas equilibradas (¿?) deberíamos salir tranquilas, libres de toda tensión y de toda culpa. La pregunta es: Después de abandonar la personalidad real para hacer este viaje de liberación, ¿tiene todo el mundo un sitio donde volver? ¿Tenemos todos, especialmente los niños, una personalidad suficientemente anclada como para que no entre en deriva durante la excursión? Dejando aparte casos excepcionales, yo sostengo que sí. Supongo que los psicólogos tienen la última palabra, pero yo diría que los pequeños asesinos del Reino Unido tomaron de las películas el modo de matar, no el impulso de hacerlo.

No quisiera parecer irresponsable. Creo que son los padres o tutores de cada niño en particular los que deben detectar si el uso de juegos violentos está produciendo cambios preocupantes en las actitudes o en la conducta de sus pequeños usuarios, y sólo en ese caso, tomar medidas que no pasarían sólo por una limitación del uso de esta clase de juegos, sino por una reflexión seria sobre el ambiente global al que está sometido el niño y posiblemente por la petición de consejo a un psicólogo o pedagogo. Estoy convencido de que un exceso de agresividad en la vida normal de un niño, en la mayoría de los casos, no tiene nada que ver con el uso de juegos violentos o la presencia de la violencia en televisión, sino con la violencia más o menos sutil, más o menos silenciosa, protagonizada por las personas reales más cercanas a él: su familia, profesores y compañeros. Esa es la violencia que más daño hace. Vamos, que unos gritos procedentes del dormitorio paterno llegan más adentro que un misil Sidewinder lanzado por el avión enemigo.

Y llegamos a la historia de siempre: los adultos nos estamos volviendo vagos en nuestra labor educadora. Tendemos cada vez más a eludir las responsabilidades de la paternidad y a delegarlas en el profesor de Religión, los directivos de las televisiones, las campañas gubernamentales antidroga, y ahora, las compañías de software. Es hora de que los padres consideren la educación de sus hijos como una tarea propia, construyan un entorno apropiado para su crecimiento afectivo e intelectual, y abandonen las actitudes pasivo/protestonas. Educar a un niño en libertad es hacerle ver que el mundo es una especie de placa de cultivos heterogénea donde abundan tanto los jugos nutritivos como los tóxicos. Este conocimiento no se adquiere con prohibiciones. Los niños normales pueden asimilar la diferencia entre el bien y el mal, y también pueden aprender a distinguir el juego de la realidad. ¿Les estamos dejando?

ver otras columnas