página
pesonal de

César Astudillo

columnas
relatos
diseño
cánidos
debacle
de todo
yo, yo y yo

columnas
EL HOMBRE DE SÓLO LECTURA

Hubo un tiempo, cuando éramos pequeños, en que todo nuestro mundo desprendía el calorcito de las cosas conocidas, en que el diminuto mapa del universo que se iba delineando en nuestra mente limitaba al norte con el patio del colegio y al sur con ese armario que nuestros padres nos tenían cerrado con llave. En ese tiempo sabíamos todo lo que nos era dado saber, pertenecíamos a todos los grupos que podían acogernos, recorríamos en dos zancadas nuestro presente a escala. Todo lo demás pertenecía al universo de los mayores, un mundo tan ficticio e inabordable como la vida después de la muerte.

Luego pegamos el estirón y nos dieron algunos accesos de lectura y escritura a esta realidad que ahora estamos compartiendo, pero lo que no sabíamos es que el mundo nos iba a crecer mucho más deprisa que nosotros mismos. En algún momento, de algún modo, perdimos pie. Ahora ya somos hombres y mujeres fagocitados por el presente, con tantas cosas que hacer que no tendríamos tiempo ni para planearlas, con tantos libros interesantes que no podríamos ni leer los lomos, con tantos videoclips hipnóticos y parpadeantes que no nos daría tiempo ni a rebobinarlos.

Hasta hoy, íbamos medio sobreviviendo al alud. Pero eso era hasta hoy. Ahora viene el ataque de los CD-ROM a bajo precio. Eso ya es un golpe bajo. Y algunos de nosotros ya estamos dando positivo en la prueba de anticuerpos.

Mi amigo Óscar se instaló una unidad de CD-ROM hace unos meses. Desde entonces, cada vez que ve en un quiosco alguna revista que lleve uno de esos objetos redondos, brillantes y repletos de promesas, se lleva la mano al bolsillo como impulsado por un reflejo pavloviano y se la compra. La mayoría de las revistas ni las abre: sólo tiene ojos para explorar ese planeta plano e irisado, sumergirse en sus mares de shareware y escalar sus cordilleras de paisajes fractales y otras curvas igualmente fascinantes y nada matemáticas. Y lo hace con urgencia, con el gesto alienado del que busca sin encontrar nunca, como saciando sin mesura un hambre de posguerra que yo creo que le viene de cuando le llegaba una cinta pirata de Spectrum al mes, y la mitad de los programas no cargaban.

Hace tiempo que no se acaba ningún juego, porque siempre le entra el miedo de estar perdiéndose otro mejor que hay en otro directorio. Ya no programa nada, sólo se documenta, no vaya a ser que ya exista una librería de dominio público que haga lo que él quiere y mejor. Su cerebro ha colapsado gravitacionalmente: donde estaba él, ahora hay un agujero negro de información. En su cabeza los bits ya sólo entran, y si le pido que hable, sólo se oye estática. Se ha convertido en un hombre de sólo lectura.

Le está pasando como a mi amigo Jorge, que a los diecisiete años descubrió que gustaba a las chicas y todo lo que abarcaban sus ojos en el universo femenino podía ser de su dominio. Pasó años febriles en que se copiaba al disco duro novia tras novia pero sin acabarse ninguna, o sea, sin aventurarse más allá de la pantalla de presentación de sus conquistas, incapaz de profundizar en una sola por el simple, definitivo impedimento, de que había otras.

Yo creo que cuando se nos abre un canal nuevo de percepción, una nueva vía de entrada para experiencias enriquecedoras, siempre empezamos chutándonos por ese canal toda la información disponible, sin hacer distinciones, como el niño que se mete en la boca todo lo que encuentra. A eso le sigue una etapa de saturación que nos deja un poco como con cara de imbéciles, convertidos en un agujero negro como mi amigo Óscar. Pero no tarda en llegar un día en que perdemos la inocencia en ese medio y empezamos a resignarnos al hecho de que no se puede seguir así, que no es posible absorber todo lo que se nos ofrece, aunque sólo sea porque también hay que comer y dormir. Ese día empezamos a construir los filtros que nos salvarán de la locura, aun a costa de despreciar con dolor la mayoría de lo que se nos pone en las manos y merece que se le eche un vistazo.

En el terreno de la publicación en CD-ROM, el momento de la construcción de filtros todavía no ha llegado, pero, a juzgar por el crecimiento que está experimentando la oferta, no puede tardar. Ese día mi amigo Óscar empezará a separar el grano de la paja: desde ese momento, los que publican no tendrán suficiente con atraer su atención, además deberán ganarse su fidelidad. Ése va a ser un momento de lo más interesante.

ver otras columnas