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EL DOLOR DE LA CRISÁLIDA

Cuando entré en contacto con mi primer ordenador, supe que era lo mío. Entrar en su pantalla fue explorar un planeta nuevo y rebosante de posibilidades. Me fascinaba su lenguaje, la manera en que me obligaba a enfrentarme a mis propias contradicciones y poner en orden mis pensamientos. Convertir esa relación en una forma de ganarme la vida no era más que el paso lógico.

Empecé a colaborar con otras personas. Qué distintas son las personas de los ordenadores. A los ordenadores sólo se les puede entrar de frente; por el contrario, la mayoría de las personas son inaccesibles excepto por tortuosos caminos laterales. Con mi pecé sólo existe el lenguaje de la sinceridad. Pero pronto tuve que descubrir que esa sinceridad que, en la soledad de mi habitación, era la única forma de comunicación que conocía, podía ser mortal cuando se trataba de relacionarme con mis nuevos compañeros de carne y hueso. Los ordenadores no perdonan la ambigüedad; la gente, en cambio, no soporta su ausencia.

Fueron poniéndome a las órdenes de distintos superiores. Cada uno de ellos tenía su sello especial. De uno me molestaba su impulsividad y su falta de respeto hacia los sentimientos ajenos. De otro me enternecía su voluntarismo, sus ganas de demostrarnos a los demás y a sí mismo que era capaz de llevar un proyecto adelante. De otra me desconcertaba que me hiciera trabajar durante días para explorar un camino nuevo, y luego me obligara a tirarlo todo y abrir brecha por otro lado. Cada uno reaccionaba de distinta forma ante las dificultades o tenía su propio estilo de intentar motivarme. Nunca vi a dos iguales.

Aun así, todos tenían algo en común: parecían haberse olvidado de programar, de la misma forma que los adultos se olvidan de haber sido niños algún día. Los desafíos técnicos, la belleza de un algoritmo elegantemente simple para un problema aparentemente complicado, o mi fascinación al encontrar la intrincada causa de un error, no les provocaban más que impaciencia. No querían oír hablar de desbordamientos de pila o goteos de memoria. Sólo querían ver el trabajo hecho, rápido y bien. Estaban demasiado ocupados con los problemas políticos, con dificultades humanas de colaboración con los socios del proyecto o con la cuidadosa organización de demostraciones para los peces gordos, en las que sólo se mostraba la parte más estúpida de los programas y se daban respuestas técnicamente imbéciles a preguntas técnicamente pueriles.

Durante el roce con estas personas, yo iba pensando que, de estar yo en su lugar, habría dedicado más tiempo a una tranquila planificación antes de zambullirme a codificar, o que me habría ocupado de construir una infraestructura de programación para que luego no se hubieran duplicado las tareas; pero ésos eran pensamientos en segundo plano, porque yo estaba muy satisfecho de ser un simple programador, y jamás me hubiera imaginado paseándome entre las mesas gesticulando y diciendo "¡Haz esto! ¡Haz aquello!". Eso estaba reservado para ellos, esa especie cromosómicamente diferente, a quienes el nudo de la corbata había reducido el riego sanguíneo del cerebro hasta obsesionarles con presupuestos y plazos y volverles incapaces de distinguir un módulo de C de un poema en noruego.

Han pasado algunos años y me he convertido en una especie de desratizador de lujo. Me gustaría pensar que soy el gurú al que el resto del equipo acude cuando tiene una incertidumbre técnica que puede poner el proyecto en peligro, pero mucho me temo que soy el sabelotodo impertinente al que alguien pregunta cuando le da pereza buscar en el manual. Alguien que me aprecia, y que tiene mucho que ver con que yo esté ahora desahogándome en este espacio, me dijo dos frases que me abrieron los ojos. Una era: "Si te conviertes en aquél que sabe por qué fallan los programas, estás perdido". La otra: "Sobran programadores buenos y baratos. Lo que falta es gente que diga: Yo me hago responsable".

Es la hora de abandonar la tierra de Nunca Jamás. Hay que quitarse el traje de Peter Pan y, mal que nos pese, apretarnos el nudo de la corbata. Hoy hubo una tarea nueva que hacer, y, venciendo el impulso de hacerla yo mismo, tomé a uno de las programadores nuevos, un chaval de éstos que se nota que la ropa se la elige su madre, y delegué en él. Hay que romper el capullo, consumar la metamorfosis o recorrer el via crucis de la decadencia. Sólo espero que, al menos, no se me olvide cómo se programa.

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