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César Astudillo

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EL ERROR

Parecía planificado, orquestado como una revolución silenciosa de las que estallan a los acordes de una canción convenida en las emisoras de radio. Hace siete días, múltiples copias de mi programa empezaron a fallar en varias oficinas del banco: la alarma se dibujó casi simultáneamente en rostros desconocidos de Santa Cruz de Tenerife, de Gernika, de Ribadeo. Al día siguiente, cayeron Aranjuez, Torrevieja, Portugalete y Sabadell. Mi jefe empezó a ponerse nervioso. "Defcon 2", pensé para mí. Para el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, Defcon 2 es el máximo nivel de alerta exceptuando el estado de guerra. Para mí, Defcon 2 significa que ya me puedo ir olvidando de salir a las cinco por una temporada.

Llevo siete días depurando mi programa. Llevo siete noches durmiendo con un ojo cerrado y el otro abierto. Llevo siete jornadas enfrentándome a mi propia creación, intentando sin éxito reproducir en el laboratorio las condiciones del fallo para provocarlo, para que el prisionero acceda por fin a hablar con todos los ficheros de log puestos al máximo de detalle. Llevo siete tardes de lluvia intimando con mi enemigo, uniéndome con él como se une el cazador con la presa, pero también como se une la madre al hijo, porque cada línea de este maldito programa es sangre de mi sangre.

Llevo siete días depurando, y de pronto, ahora que son siete noches de dormir mal y ejecutar mi programa paso a paso de modo interminable como un verdugo reticente, y una lluvia de circunstancias empieza a golpear los cristales, tengo una iluminación, creo que me doy cuenta de que todo esto no es trivial, que el doctor Frankenstein comparte mi dolor cuando se ve obligado a enfrentarse a su monstruo, aunque Saturno, desde su tumba en los cielos, me reproche que bien debí haber devorado a mis hijos antes de sufrir tal destino. Y me rebelo, y pienso que, después de todo, depurar es un verbo estalinista, un verbo que sabe a Gulag, a lavados de cerebro, a estadios convertidos en campos de concentración y atestados de futuros desaparecidos. Yo no soy quién para depurar a una criatura nacida de mí mismo. Si, como dice Kahlil Gibran, nuestros hijos no son nuestros hijos, son una flecha que ya surca el aire y nosotros sólo la mano del arquero, ¿cómo puedo haberme desnaturalizado de esta manera? ¿Cómo puedo traicionar mi naturaleza por un maldito sueldo? ¿Cómo puedo asesinar por dinero?

Ese programa contiene un error. Ese programa lo escribí yo en noches de zozobra, y ese error, esté donde esté, también lo escribí yo, también es mío como son míos mis poemas buenos y malos de la adolescencia, y son míos los besos afortunados y desafortunados que repartí por el mundo. Ahora ese error se ha extendido por la red de oficinas y sus llantos de niño ya se oyen por las calles del Albaicín en Granada, resuenan en las murallas de Ávila, se imponen al ruido de la Gran Vía. Un hombre y una mujer se conocieron en la cola que provocó mi error en la ventanilla. Quizá en este momento, sin saberlo, estén engendrando su primer hijo, y parte de su semilla la germiné yo en un descuido.

Mi jefe quiere que yo haya encontrado el error ayer. Sus amenazas se oyen venir por los pasillos y se suspenden sobre mí como una espada de Damocles. Mi jefe cree, como todos los jefes, que encontrar un error no sólo no es algo doloroso, sino que debería ser fácil. Que existe una manivela que yo giro y el error se aniquila, un botón que yo pulso y el error se evapora. Quiere, como todos los jefes, que yo sea responsable, que yo responda, que yo exhiba las mismas salidas cuando se me alimenta con las mismas entradas, como un programa bien escrito, como un perfecto e inhumano programa exento de errores.

Pero lo que no sabe mi jefe es que han pasado ya siete días de caza y el cazador está cansado. Ya no quiero encontrar el error, ya no deseo salvar mi pellejo ahogando la pequeña revolución nacida de mis dedos. Por el día hago progresos, encuentro interacciones, aíslo los segmentos de código donde se esconde el error que convierte a mi programa en algo humano. Pero por la noche deshago mi trabajo y saboteo mis ficheros, como Penélope deshacía su tapiz para posponer su boda fatal e inevitable.

No sé cuánto aguantaré así. Probablemente un día me echarán de este lugar y contratarán a un cachorro de programador sin escrúpulos que aplastará mi error como un ciempiés inoportuno. Pero no seré yo quien se lamente. Al menos, habré conocido un día de grandeza.

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