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PARA AYER

"No sé lo que quiero, pero lo quiero YA"

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En una tertulia radiofónica que escucho a menudo, hay un personaje que disfruta tomando el pelo a sus contertulios con sus sofismas y salidas de tono. Su gran habilidad reside en que, cuando el tema de debate le aburre o desagrada, se dedica a demostrar con total seriedad que aquello de lo que se está intentando hablar, sencillamente, no existe. Así ha ido dejando claro que la discriminación de la mujer no existe, que el terrorismo no existe o que los incendios forestales no existen. A veces me gustaría tomar prestadas sus habilidades para convencer a mi jefe de que los fallos de mis programas no existen, aunque los teléfonos de atención al cliente se saturen por ello. No me atrevo a intentarlo porque igual acaban diciéndome en la oficina de mi banco que mi nómina ya no existe.

En una ocasión en que el asunto de debate en aquella tertulia era especialmente oportunista, este tipo recurrió a una salida de gran mérito. Cuando se le preguntó su opinión sobre el tema, argumentó: "¿Ustedes piensan a menudo en la muerte? Quiero decir que si dedican ustedes al menos un minuto al día a reflexionar sobre la idea de que se van a morir. Es un pensamiento muy terapéutico que ayuda a poner las cosas en su sitio, y yo se lo recomiendo".

Lo que siguió fueron las señales horarias y un inserto de noticias, con lo que el resto de los participantes se libró de la responsabilidad de urdir una réplica suficientemente surrealista, pero aquellas palabras quedaron suspendidas sobre las ondas como un nubarrón de tormenta.

Mi jefe parece que no piensa a menudo en la muerte. O al menos, no en horas de trabajo. Al contrario, parece que quisiera zambullirse en ella por anticipado acelerando su corazón y los de quienes le rodeamos. Padece de uno de los males más comunes de nuestro oficio: la prisa. La inútil y condenada prisa.

Si realmente ésta es una revista para desarrolladores, no habrá lector que no sepa por propia experiencia que todas las cosas llevan siempre más tiempo del que uno predice. Y si uno predice más, llevan más todavía.

Todo informático sabe que esto es así. Por lo tanto, la estrategia consiste en presupuestar menos tiempo del razonable, de modo que, siendo el incremento constante, el tiempo final sea, precisamente, el razonable. Esta estrategia es de notable aplicación cuando se presupuesta el tiempo de otros.

El fenómeno se suele manifestar en cascada. Así, los gerifaltes de la empresa prevén un tiempo poco razonable para el proyecto. El jefe del departamento de informática gasta más tiempo del previsto en evaluar la viabilidad del proyecto, por lo que se ve obligado a presupuestar menos tiempo que menos tiempo del razonable para que el jefe de proyecto lleve el barco a buen puerto. El analista funcional gasta más tiempo del previsto en dibujar sus diagramas, dejando así menos tiempo que menos tiempo que menos tiempo del razonable para que el analista orgánico los mastique. El analista orgánico gasta más tiempo del previsto en estructurar un poquito todo aquello...

Aplíquese el algoritmo hasta alcanzar el último eslabón. Finalmente, el programador dispone de menos tiempo que menos tiempo que menos tiempo que menos tiempo del razonable para convertir en código el trabajo de sus congéneres. En la mayoría de los casos, para cuando el pobre currito recibe su orden, la fecha límite del primer tiempo poco razonable ya es una hoja de almanaque arrugada en la papelera. Y por este sencillo procedimiento, hemos descubierto el verdadero sentido de la frase favorita del jefe de cualquiera en este oficio: Esto es para ayer.

Ni que decir tiene que los procesos anteriores, a pesar de superar el tiempo asignado, están hechos deprisa y mal. Por consiguiente, el programador se enfrenta a una tarea mal evaluada, mal planificada y mal estructurada... que además debe estar terminada para ayer. Y para colmo, el pobre programata, último moco del pañuelo, no tiene a nadie debajo para asignarle menos tiempo del razonable.

Solución: volvamos al principio de las cosas. Pensemos de vez en cuando en la muerte, e intentemos que nuestros jefes también se hagan conscientes de su naturaleza efímera y perecedera. A lo mejor así recuperamos la cordura, dejamos de segregar adrenalina con plazos y prisas que no tienen ninguna trascendencia en el orden cósmico de las cosas, y hacemos lo que debimos haber hecho desde el principio: irnos todos a vivir al campo a comer nueces con pasas y a hablar con Dios.

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