página
pesonal de

César Astudillo

columnas
relatos
diseño
cánidos
debacle
de todo
yo, yo y yo

columnas
EL POZO DE LA OCA

Yo envidio a los zapateros. Me explico. Lo bueno que tiene ser zapatero es que los zapatos son algo inmutable. Este año se pueden imponer los zapatos de plataforma o los tonos crudos del esparto, mientras la locura colectiva por las botas tipo Panama Jack experimenta un lento y sereno declive, pero el zapatero o zapatera apenas tendrá que actualizar sus conocimientos. Y esto es así porque la configuración básica del zapato, esto es, su arquitectura, se ha mantenido y se mantendrá inalterada durante bastantes, bastantes años.

Los desarrolladores, en cambio, cada vez que nos metemos en un proyecto estamos haciendo una apuesta. Yo mismo llevo cuatro años usando la herramienta X, y ya estoy empezando a mosquearme porque mi currículum, así a vista de pájaro, parece que lleva escrito con rotulador permanente "Experto en X", y nada más que "Experto en X". Y lo malo es que yo frecuento con asiduidad las ofertas de trabajo de las páginas salmón del domingo, por aquello de no perder la esperanza en el príncipe azul, y cada vez veo menos anuncios en los que se precisen expertos en X. Creo que ha llegado el momento de comprarme un libro de lo que sea (alguna de las palabras mágicas que están empezando a verse escritas sobre fondo salmón) y autoformarme en casa. Si no, ya me veo víctima de uno de los peores síndromes del programador: el síndrome del pozo de la oca.

Sí, el pozo de la oca es ese sitio donde se queda uno esperando un turno mientras los demás tiran el dado y mueven ficha. Hay herramientas de programación, o plataformas de hardware, que tienen esa misma propiedad bloqueante. Por eso hay que estar constantemente alerta, porque el campo de la informática donde trabajamos puede estar convirtiéndose en un pozo de la oca en este preciso momento.

Cuando entré en mi compañía de servicios, mi compañera Nieves formaba parte del grupo de desarrollo de proyectos de un terminal financiero específico, una arquitectura de concentradores de comunicaciones y un procesador con puestos de trabajo conectados a una red propietaria. Un sistema antiguo pero muy probado, que se utilizaba ampliamente en muchas entidades bancarias. Yo vi como el grupo de desarrolladores iba mermando en número a medida que la plataforma se iba haciendo más obsoleta y los clientes iban actualizándose a las ahora omnipresentes redes de pecés. A medida que esto ocurría, los que quedaban se iban haciendo más y más imprescindibles. Era necesario preservar el mantenimiento que se había garantizado a los pocos y recelosos usuarios de aquel equipo ya jurásico.

Nieves estaba entre esos supervivientes. Se encontraba cómoda: le habían subido el sueldo, llevaba mucho tiempo trabajando con las herramientas de desarrollo específicas del entorno y trabajaba con familiaridad y soltura. A medida que sus compañeros iban desertando, ella quedaba como única experta en un sistema que no le guardaba secretos. Finalmente, el equipo dejó de fabricarse y Nieves quedó encargada sólo del mantenimiento de los sistemas que quedaban. Y ya se sabe lo que pasa con la moral a bordo cuando a uno le ponen a hacer mantenimiento.

Para cuando Nieves quiso escapar de la tela de araña, ya no pudo ser por las buenas. A punto estuvo de abandonar la compañía: fue sólo cuando tuvo en la mano una oferta de trabajo en otra empresa, con menos categoría y sueldo, cuando la tomaron en serio y le ofrecieron una senda gradual de migración a un equipo de desarrollo en pecés, a cambio de no dejar desatendido un puesto que ya sólo ella podía desempeñar y al que le quedaba poco tiempo de vida. Hoy ha conseguido dejar atrás esa etapa, pero su carrera profesional lleva varios años de retraso. Su valía y experiencia han sido desaprovechadas.

Esté atento a los síntomas precoces del síndrome del pozo de la oca. Las ofertas de empleo en su campo ralean, su puesto de trabajo se desempeña con una calma narcótica, su jefe ya no le grita, o peor aún, grita a otros; el mantenimiento supera con mucho al desarrollo. Ha llegado el momento de cambiar de vestuario, aprender nuevos trucos y buscar amor en otro nido. Hay que mantenerse atractivo y frecuentar los lugares de alterne. En informática no existe eso que llaman una relación estable. Estudie, y si cree que después de la carrera ya no tiene ninguna intención de volver a hincar los codos, deje este oficio y hágase zapatero. Tiene más futuro.

ver otras columnas