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César Astudillo

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BESTIARIO

Hoy termina uno de esos días en que, citando a Mafalda, "lo peor de uno mismo son los demás". A las nueve veintisiete, mi jefe me ha declamado ese poema épico tan popular cuyo primer versículo empieza con "Que sea la última vez...", que se despliega posteriormente en cualquiera de las múltiples variaciones que ofrece la rica tradición oral española, y que invariablemente concluye con aquello de "...y si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta". A las once treinta y cinco, mis compañeras me han sometido a público oprobio y baldón a cuenta del innovador diseño de mi corbata. A las dos veintiuno, he recibido nota de Administración en la que tienen el placer de comunicarme que me han subido el sueldo un cero coma siete por ciento, que es el guarismo de moda. Y a las cuatro cincuenta y ocho, mi impresora se ha transmutado en una trituradora de documentos y me ha manchado la camisa de tóner (y estoy harto de tanto frotar).

Después de un día así, yo exijo una satisfacción. Y me la voy a dar aquí y ahora. Hace tiempo, juré que la próxima vez que el mundo mostrara conmigo tan regocijada y gratuita crueldad, yo contraatacaría empezando a escribir mi bestiario particular. Una caja de Pandora donde encerrar a todas las personas, animales, y entes hardware/software que me ponen de los nervios. Es una cuestión de autodefensa, vaya. Y voy a empezar ahora mismo con las primeras fichas.

El brujo de la tribu: El brujo de la tribu es ese programador que sólo sabe hacer una única cosa, pero una cosa tan intrincadamente oculta en la telaraña del desestructuradísimo sistema de trabajo de la compañía que sólo él sabe cómo sacarla adelante. Además, construye un halo de misterio, humo y espejos, alrededor de aquello, de modo que nadie pueda nunca sospechar que en el fondo es más sencillo que el mecanismo de un chupete. Así, cuando uno tiene que vérselas con ese chisme, acude al brujo de la tribu, el cual, con gesto grave, ladea la cabeza, se acaricia la barbilla, dice "mmm, no sé, si se va a poder...", y acaba dando dos pases mágicos, pronuncia unas cuantas claves cabalísticas, te hace un parche y se va diciendo que le debes un favor, no lo olvides. El jefe le llama "el genio". Lo que sus compañeros le llaman es impublicable.

El solipsista de la cola de impresión: Los solipsistas practican la actitud filosófica de pensar que todo lo que se percibe es una ilusión, que no hay algo llamado realidad sensible, y que lo único que existe en el Universo son ellos mismos. Los demás somos alucinaciones. Eso deben de pensar los solipsistas de la cola de impresión, que se creen únicos usuarios de la impresora de la red, por lo que pueden mandar trabajos de gran extensión y luego olvidarlos. Un ejemplo. Mi jefe dice "¿Dónde &#*% está el informe que te pedí?". Yo contesto "Te lo di ayer". El replica "Pues dámelo otra vez". Yo gimoteo "Pero..." El se reafirma "Lo quiero antes de que este bolígrafo llegue al suelo". Y suelta el bolígrafo, yo alcanzo mi pecé en dos zancadas, abro el procesador de textos, selecciono "Imprimir", corro a la impresora de red, la impresora está detenida con un mensaje "Sustituir papel bandeja A4", yo abro el cajón del papel, el cajón del papel está vacío, corro al pasillo, vandalizo la fotocopiadora para conseguir un taco de folios, vuelvo en plena fibrilación ventricular, meto el taco de folios en la impresora, pulso "En línea", y en la bandeja de salida empiezan a aparecer las hojas del interrumpido y olvidado trabajo de ciento cincuenta folios del solipsista de la cola de impresión: veintiuno... veintidós... veintitrés... No, no está usted solo. Mi mujer asegura que a ella también le pasa.

El jeroglificocríptico: Este programador ha descubierto cómo asegurarse un trabajo estable por el resto de sus días. Muy sencillo: Haga programas incomprensibles, innecesariamente complejos, no ponga ni un comentario y jamás escriba ni una línea de documentación, aunque sea en una servilleta de papel. No escriba siquiera las entradas y salidas de su módulo. Esto último comuníquelo verbalmente, y enfádese si le piden que lo repita. Esta fórmula es mejor que un contrato blindado. Al cabo de unos meses, el jeroglíficocríptico es imprescindible en la compañía. La estructura de flujo de una rutina suya es lo más parecido a una piscina de espaguetis. Intentar leerla es como intentar separar la leche del Nesquik. Pretender mantenerla, como entrar en uno de esos templos plagados de trampas de las películas de Indiana Jones: si soplas, se te derrumba encima y te aplasta. Su pasatiempo: redactar programas de tres líneas del tipo "¿a que no sabes qué hace?". Su algoritmo favorito: cuatro funciones de quinientas líneas llamadas "Ordena", "Ordenar", "RealizaOrdenacion", y "Sort". Todas llaman a todas.

Bueno, por lo pronto allá van tres registros para mi base de datos. Ya me siento un poco mejor. La próxima vez que tenga un día plagado de estos virus humanos, los pincho con un alfiler y los añado a esta galería de personajes disecados.

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