| página pesonal de César Astudillo |
columnas Hace poco que han detenido a uno de esos niñatos que hacen saltar los sistemas de seguridad del Pentágono desde su habitación, a costa de la factura de teléfono de papá. Está claro que a estas alturas los del Departamento de Defensa norteamericano deben de estar desesperados intentando contratar a algún quinceañero para que les haga una firewall como Dios manda; seguro que han aprendido seguridad informática en un Selecciones del Readers Digest y no en las zonas de combate virtuales donde pululan los cyberpunks, y claro, así les va... Vaya, hombre, y yo que me había jurado no dejarme llevar por el impulso facilón de hacer leña del árbol caído. Lo que me propongo es advertir responsablemente sobre los daños que pueden causar los irresponsables en la nueva cibercultura, y no hacer cuchufleta a costa de las víctimas. Aunque la verdad es que se lo merecen por inút... ¡Que no, hombre, se acabó, ya está bien! A lo que vamos. Hay que reconocer que crímenes como el que ha cometido este chiquillo nos inspiran a todos cierta indulgencia. Por una parte, se puede atribuir este consentimiento a la maravilla que produce el ver al débil sometiendo al supuestamente fuerte, contemplar como un David con acné juvenil y un pecé como honda puede ponerle un ojo morado a la máquina de guerra más poderosa del planeta. Bueno, supongo que a todos nos parece muy bonito eso de la subversión contra el poder hasta que vienen a romper los cristales de nuestra casa. Otra de las claves de la siniestra simpatía que nos causan los delincuentes informáticos está en que no hacen físicamente nada que nos cause rechazo: sólo se pasan las noches sentados delante del teclado, metidos en su cuarto y sorbiendo Colacao. Ojos que no ven, corazón que no siente. ¿No es así? Pues ya es hora de que empecemos a remodelar nuestro pensamiento: el que utiliza sus conocimientos informáticos para hacer daño está cometiendo un delito, y de los más peligrosos. Cuando un lechuguino con gafas de culo de vaso y aparato de ortodoncia diseña una bomba lógica, puede hacer más daño que un skinhead en un callejón. Cuando un disco duro pierde sus datos por culpa de un virus, pueden estar desapareciendo con él años de trabajo, recuerdos insustituibles, la novela de una vida. Eso es violencia, eso es hacer daño a sabiendas, sin móvil alguno, indiscriminadamente. Eso se llama vandalismo. Si no tenemos ninguna simpatía hacia los que destrozan cabinas telefónicas o rajan las ruedas de los coches, ¿por qué habríamos de tenerla hacia los que causan, en equivalencia, daños mucho mayores y mucho más descontrolados? Los grandes capos de la droga nunca han tocado un gramo de su mercancía. Todo lo hacen mediante llamadas telefónicas y transferencias bancarias. Esa pobre gente sólo quiere vivir mejor. Unos niños tensaron un cable a lo ancho de una calle y decapitaron a un motociclista. Sólo querían divertirse. Pues los vándalos informáticos, igual. La única diferencia está en el nivel tecnológico de los medios empleados, y en la inteligencia que se demuestra. Los medios tecnológicos son sólo cuestión de dinero, y la inteligencia, aunque indudable, no es ningún valor moral. Algunos miembros de Mensa, ese club que sólo admite miembros con un coeficiente intelectual mayor de 140, han defendido públicamente la eliminación de las personas inútiles por discapacidades intelectuales o físicas. ¿Hay que admirarles, sólo porque son inteligentes? Vamos, hombre. Teniendo en cuenta que el espíritu destructivo está presente en todos los niveles de la sociedad, y que aquéllos que poseen el poder de hacer daño no se cortan un pelo cuando están en juego sus intereses, y encima se las arreglan para que el resto del mundo lo aplauda, no puedo sorprenderme. El mensaje es: "Violencia limpia, chico, violencia limpia. Destruye si quieres, pero nunca te ensucies las manos". Pues digo yo que habrá que ir cambiando el mensaje, porque las posibilidades de hacer violencia limpia se están ampliando, y las posibles consecuencias de esta violencia son cada vez más amenazadoras. Es increíble el poder que hay en las mentes de estos chavales para deshacer el nudo gordiano, para desenterrar aquello que se consideraba inviolable. Ojalá pudiéramos dirigir toda esa energía hacia fines más constructivos: desproteger el correo secreto del Universo y divulgar sus leyes físicas más elusivas y fundamentales, romper los códigos del virus del SIDA, diseñar bombas inteligentes contra el cáncer. Eso sí que les convertiría en héroes: construir, crear, algo mucho más difícil y meritorio que destruir los manuscritos de un pobre escritor que no tiene ni idea de informática y no se le ha ocurrido sacar copias de seguridad, o abusar de los pobrecitos e indefensos miembros del Pentágono, que ahora van a tener que aguantar otra vez que les digan por la calle eso de que "inteligencia militar" es un término autocontradictorio... Oh oh. Me temo que se me ha vuelto a escapar el chiste fácil. |