| página pesonal de César Astudillo |
columnas Están echando por la tele ese anuncio en el que suena "Sitting on the dock of the bay", creo que cantado por Otis Redding, y se oye una voz masculina que dice: "Tantas noches sin dormir..." Que se me seque el árbol de directorios si soy el único programador que esboza una sonrisa agridulce cuando ponen ese anuncio. No se sabe bien si es por licantropía o por amor a dejarlo todo para el último momento, pero los programadores siempre hemos estado unidos a la noche por un vínculo místico de sangre y café muy cargado. En las películas de Hollywood, los programadores nunca trabajan de día como la gente decente. Si lo hicieran, no podrían salir en pantalla con sus rostros iluminados únicamente por el fósforo del monitor, en la oscuridad de los recintos semiclandestinos desde donde mueven los hilos del mundo. En una de esas noches en que la neurona derrapa tanto que en lugar de pensar de frente uno piensa de lado (y como saben los psicólogos, es ese pensamiento lateral el que te ayuda a descubrir ese bug que llevas una semana intentando fumigar), Anton, así sin acento, un holandés cincuentón con barba a lo Karl Marx que había venido a adaptar unas rutinas para SQL, dijo sin introducción previa: - ¿Sabíais que en mis tiempos la información tenía una masa negativa? Eran las cuatro de la mañana, y a las ocho había que hacer una demo delante de los Empaquetadores de Aire, como les llamaba mi jefe de proyecto, así que estuvimos a punto de tirarle a la cabeza un Seagate de veinte megas que usábamos como pisapapeles, pero decidimos que siempre vale la pena escuchar una historia computacional contada por un veterano. A principios de los setenta, en la empresa de Anton tenían que desarrollarle a un gran cliente una aplicación de base de datos "para ayer" (qué poco han cambiado las cosas). La dificultad no estaba tanto en el desarrollo del programa como en la captura de los datos: más de un millón de fichas perforadas. Sólo en Alemania había una empresa con tantos operadores de perforación como para terminar la tarea en el tiempo requerido, así que, al cabo de unas semanas de hacer agujeritos, Anton cruzaba la frontera a bordo de un camión cargado de tarjetas de cartón. El empleado de la aduana no encontró satisfactorias ni las explicaciones de Anton ni su aspecto precozmente grunge, y no se tragaba lo de que alguien quisiera pasar por la frontera un millón de cartoncitos agujereados. Aquel millar largo de cajas de cartón perfectamente clasificadas tenía que contener algún tipo de substancia prohibida, y el barbudo que tenía delante debía estar en pleno trip. Así que pidió que le dieran una caja de tarjetas de las que habían quedado sin perforar, la puso en la balanza y multiplicó su peso por el número de cajas presentes en el camión. El peso real de la carga resultó ser inferior en veinte kilos al resultado del cálculo; el contenido del resto de las cajas no podía corresponder a la muestra aportada. El ingenioso sabueso había descubierto la trama de Anton el malvado traficante. Con la expresión socarrona del teniente Colombo cuando pilla al malo, le dijo: - A ver, ¿y a qué corresponden estos veinte kilos que faltan? Respondió Anton con flema flamenca: - ¡Pues esos veinte kilos negativos son lo que pesa la información, señor mío! Posiblemente soy el único que encuentra graciosa esta historia absolutamente real, pero a las cuatro y media de la mañana, y con la cafetera vacía, ya todo parece gracioso. Hasta tener que entregar este texto hoy a primera hora. Yo me voy al sofá a dormir media horita. Feliz insomnio. |