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César Astudillo

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GUIRIS

Mi hermano mayor dice que se debe a un sentimiento de inferioridad fermentado en largos años de aislamiento, subdesarrollo y autarquía. Yo de mi hermano no me esperaba otra explicación, él es un progre de los de antes. Pero sea cual sea la causa, el efecto está ahí: en este país sufrimos una fascinación irremediable por lo extranjero. Puede que este tic se nos esté curando últimamente, ahora que nos dejan ir subidos en el estribo del tranvía de Europa; pero especialmente en todo lo relacionado con la cosa tecnológica, hoy sigue más que vigente la regla de que nos ha de merecer más confianza lo extraño que lo propio.

En este oficio, lejos de ser una excepción, nos apegamos a este complejo con un entusiasmo conmovedor. Y aquí juro que el prejuicio está completamente injustificado. Yo no es que me atreva a decir que en España seamos tan serios desarrollando software como los suecos o los americanos; más bien, lo que tengo comprobadísimo es que ellos son, a lo menos, tan chapuceros como nosotros.

Mi jefe se empeña en no darse cuenta. Cuando en un proyecto entramos en esa fase de calma chicha en la que ya está corriendo la agenda pero aún no empiezan a verse las pantallitas de colorines para enseñar al cliente, le entra el Picor De Hacer Algo, y nos trae a algún experto recién venido de Alemania a que saque el conejito del sombrero. Supongo que la noche después de fundirse trescientas mil pesetas del presupuesto en avión y hotel, duerme como un niño, aliviado el Picor en el convencimiento de que finalmente ha Hecho Algo. Que cuando a mi jefe le entra el Picor De Hacer Algo cuando no ve resultados de colorines, yo casi prefiero que se nos traiga al alemán, porque de lo contrario se pasea zumbando por la sala de desarrollo como una polilla alrededor de una vela, exigiendo que le expliquemos a nivel de bit en qué diablos estamos perdiendo el tiempo, y nos quita la concentración y nos vuelca los cafés encima de los listados. Así que nos tiramos tres días explicándole al germano de qué va la cosa e inventando algo que pueda hacer, aunque sólo sea cambiarle los filtros a la máquina del café.

Pero cuando me entran los espasmos es cuando hacemos algún proyecto en colaboración con el extranjero y tenemos que enlazar con bibliotecas traídas de fuera. Estos temblores me vienen de un tinglado con Tarjeta Inteligente que montamos en el 90 con unos franceses. El caso es que era yo quien hacía las pruebas sobre el programa real, y teníamos uno de esos errores invisibles e intermitentes, que te deja con cara de póker delante del jefe mientras recoges los pedazos humeantes del Sistema Operativo desperdigados por la moqueta. Y como después de todo yo tampoco era inmune a esa falta de autoconfianza nacional, pues por nada del mundo se me ocurría pensar que la culpa pudiera ser de la biblioteca de los guiris. Ah, no. Tenía que ser por culpa mía. Y me pasé ocho días revisando mi código una y otra vez, sin pegar ojo por las noches, considerando el suicidio o la petición de asilo político como únicas soluciones, antes que atreverme a insinuarme a mí mismo que algo podría ir mal en lo de ellos. Finalmente llegué a la conclusión de que así era. Así que entré en el despacho de mi jefe conteniendo la indignación, y él me contesta que no le eche la culpa a los demás y que cada palo aguante su vela, que tengo yo más peligro que una piraña en un bidé. Conque tengo que elaborar un programa lo más corto posible, hecho específicamente para provocar el error y convencer al boss de que hay que echar mano del teléfono y pegarles a los gabachos un tirón de orejas. Programa que luego resulta muy útil para convencerles a ellos, que como no tienen por qué compartir ese exceso de humildad técnica nacional de la que hablo, juran y perjuran que su biblioteca es más infalible que el Papa y que algo habré hecho mal.

De estas experiencias me ha quedado una actitud que ahora me es muy útil, y que quisiera compartir: Cuando me presentan a un extranjero que va a trabajar conmigo, me esfuerzo en pensar que después de todo es humano, que sus vísceras tienen la misma configuración que las mías, y que yo no soy un retrasado mental en relación a él sólo porque soy de Oviedo. Si esto falla, me convenzo a mí mismo de que el tipo es de Teruel, ciudad que no he visitado nunca pero que me han garantizado que es españolísima, y a partir de ahí todas mis tensiones se liberan, le invito a un ribeiro y una ración de pulpito a la gallega y ahí todas las barreras étnicas se desmoronan y sólo quedan dos seres humanos colaborando estupendamente.

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